miércoles, 31 de octubre de 2012



Sentía que no controlaba su cuerpo. Podía pasarse días sin comer, ni beber una sola gota de agua. Otros, en cambio, devoraba todo a su alrededor. A veces notaba cómo el espacio entre sus piernas le pedía acción en el autobús. Aun sin tener a nadie que le hiciera palpitar lo más mínimo. Hablaba con todos, pero no decía nada. Escuchaba y asentía. Reía cuando estaba estipulado y cuando no, también. La poliglotía se le estaba haciendo dura. Aunque no más que encauzar un monólogo consigo misma. En su cabeza se entrecruzaban conversaciones en distintos idiomas: las que habían tenido lugar, las que sabía que llegarían y aquéllas que sólo eran fruto de su imaginación. Saltaba de un vocablo a otro hasta que éstos dejaban de tener sentido. Frena. Mira a su alrededor y cruza una sonrisa con alguien. Pero al segundo se apaga. Como cada día cuando cae el sol a las cinco de la tarde. Entonces piensa en absurdeces como que va a tener deficiencias por falta de vitamina D o en que esta mañana se llamó a sí misma estúpida delante de su profesor. Se irá a la cama prometiéndose cambiar, como tantas otras noches, sabiendo que mañana volverá a dejarse guiar por lo que le pida el cuerpo, o por lo que le permita hacer. Suspira. Y se limita ahogar su propia decepción en el humo ante la falta de recursos.




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